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Wednesday, September 20, 2006

Con sana envidia y mucha admiración: Roberto Artavia Loría

Con sana envidia y mucha admiración

Desde hace varios años he venido insistiendo en que Panamá será uno de los tres primeros países desarrollados de América Latina.

Sus ventajas son muy claras: una economía sustentada en servicios de gran relevancia para la economía global de las próximas décadas; una vocación de economía internacional que desde 1914 la convirtió en lo que otras naciones aspiran a alcanzar hoy: verdadera vocación de comercio e intercambio global; una población que está bien balanceada entre experiencia y juventud y que, por encima de todo, ha sabido aprovechar las múltiples olas de inmigración para establecer lazos perdurables con todas las esquinas y etnias mayoritarias del planeta: es en Panamá donde el judío y el árabe conviven con mayor naturalidad, donde los orientales y los afrocaribeños comparten un nivel de integración no alcanzado en otras economías del planeta y donde el criollo español ha prosperado al lado de la comunidad internacional, sin establecer barreras de prejuicio y clase.

Panamá es una economía moderna, con solo un 7% de su producto dependiente de la tierra, en este sentido más afín a una economía desarrollada que a la de muchas de sus naciones vecinas.

El país tiene infraestructura avanzada y muy superior al resto de la región a través de una de las más importantes vías marítimas del planeta, ahora fortalecida por el reciente desarrollo en Tocumen y Howard y por los cables interoceánicos que lo conectan con el mundo.

Su vocación como punto de encuentro e intercambio, establecida de la mano del Canal, hoy se ha convertido en toda una idiosincrasia nacional, que se refleja en sus servicios logísticos, en su impresionante centro de distribución internacional, en su industria financiera y en su selección frecuente como destino turístico, residencial y de inversión para cada vez más “ciudadanos del mundo”, de esos que quieren las bondades de un clima benigno, una sociedad integrada y próspera y las mejores comodidades del mundo desarrollado.

Pero como en todas las naciones, en esta era de globalización esas fortalezas serán pasajeras si no se trabajan y renuevan constantemente. La presión impuesta por la dinámica global es a la vez una bendición y un gran reto.

Es bendición porque de esa renovación constante surgen nuevas oportunidades para jóvenes trabajadores cada vez mejor preparados y más exigentes. Es reto porque quien se estanca es inmediatamente desplazado por otras naciones y regiones en la dinámica de los mercados.

La era de la globalización, esa que convierte a la Panamá de hoy en nación exitosa, impone a la vez el reto de renovarla en sus fortalezas, de dotarla de nueva energía para sustentar el proceso continuo y sostenible que será indispensable para consolidar su paso al desarrollo social y económico.

En esta dinámica que hoy se vive, Panamá sigue teniendo grandes ventajas.

El proyecto de ampliación del Canal vendrá a renovar y consolidar su posicionamiento como nación y le dará el tipo de impulso concentrado que muy pocas naciones tienen el privilegio de alcanzar. La ampliación del Canal representa una dinámica de inversión generadora de empleo y efectos multiplicadores en toda la economía y es el tipo de desarrollo productivo que genera inversiones paralelas, credibilidad internacional, profundización de ventajas productivas en otros sectores de la economía, como son los servicios legales, logísticos, de distribución, financieros, turísticos, marítimos, y los servicios basados en comunicaciones, para mencionar sólo los más claros.

Son muy pocas las economías pequeñas del mundo que, alrededor de un solo proyecto pueden crear tantas cosas positivas. El Canal y su ampliación renovarán la identidad de Panamá en el mundo como nación abierta y próspera; la consolidarán como líder en atracción y desarrollo de inversiones en infraestructura, y terminarán de convertirla en el nodo logístico y de comunicaciones de las Américas y entre océanos.

Le ayudará al país a atraer otras inversiones complejas, pues la gestión del Ing. Alemán y el equipo humano de la ACP son un crédito para Panamá y para América Latina. Ellos han demostrado que, con elementos locales comprometidos y bien formados, es posible igualar y superar la gestión hecha por los norteamericanos y otros extranjeros al frente de grandes empresas.

En un mundo en que las naciones deben competir por la calidad del capital humano disponible, la gestión hecha en ACP es muestra de que en Panamá se pueden recibir las más complejas y demandantes inversiones.

Por eso es que, con orgullo centroamericano, con sana envidia como costarricense, admiro a la Panamá de hoy y confío en que esta nación, ya bendita por la naturaleza, la geografía y la integración de culturas, decidirá con sabiduría y consolidará la gran oportunidad que representa la ampliación del Canal.

Y lo hará para aprovechar la dinámica económica que esta fantástica inversión creará en sí misma, que será rica y generosa tanto durante su construcción como en su operación posterior por muchas décadas; y porque comprende que debe mandar el mensaje al mundo de que Panamá se sigue renovando y está presta para dar el gran salto hacia el desarrollo, ahora sustentado en la autodeterminación de su futuro, en la creatividad de notables empresarios y en la capacidad demostrada de su capital humano.

El autor es rector de Incae

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